Entrevista a Daniel Moreno Roldán

Margot Cuevas entrevista a Daniel Moreno Roldán sobre la exposición Caca banal, en La Capella hasta el 20 de abril.

Margot Cuevas: Caca banal es el título de la exposición que has elegido para hacer referencia al concepto de shithosting, el cual atraviesa todas las capas de la muestra y se despliega como un torrente ininterrumpido de imágenes. Me da la sensación de que hay una voluntad, un deseo, de que este shitposting pueda convertirse en una práctica creativa en sí misma. Me interesa saber cómo definirías este concepto desde un punto de vista creativo, en relación con el proceso y la práctica, como una forma de participar en el contexto artístico.

Daniel Moreno Roldán: Sí, de hecho, el título surgió de forma completamente natural. La pregunta central de la exposición gira en torno a si todo ese contenido chorra, frívolo o aparentemente absurdo que consumimos en redes sociales puede tener algún valor. Yo mismo llevo años consumiendo y creando este tipo de contenido—videos de perritos, gatitos o abuelas—y, sin embargo, sigue percibiéndose como algo banal.

Entonces, la cuestión que me planteé fue: ¿puede este contenido banal ser útil de alguna manera? Está claro que nos influye, ya que lo consumimos constantemente, incluso más de lo que antes veíamos la televisión. Pero me interesa reflexionar sobre si también puede tener una función creativa, si puede servir para la investigación estética o para explorar nuevas formas de experimentación audiovisual. Y creo que sí, que este tipo de contenido tiene un gran potencial en ese sentido.

M: ¿Crees que este enfoque y todo lo que activa el shitposting pueden estar vinculados a una cierta crisis en el mundo del arte? ¿Piensas que la manera de hacer que propones refleja también una crisis en los códigos, los formatos y las posibilidades dentro de las artes visuales y el formato expositivo?

D: Sí, 100%. Parte de una experiencia personal: el camino que me llevó a esta exposición comenzó hace un par de años y surgió de una crisis y un gran desencanto con el contexto del arte contemporáneo y las artes visuales. Y tiene mucho que ver con lo que mencionas: los códigos, los lenguajes y las maneras de exponer.

Quizás me equivoque o sea demasiado generalista, pero me sucedía que, sin darme cuenta, al trabajar en proyectos terminaba, por algún tipo de tendencia extraña de la que no era consciente, imitando ciertos códigos, formatos y lenguajes muy crípticos para cualquier persona que no formara parte de la esfera del arte. Me generaba mucha frustración no poder llegar a un público más amplio.

Luego, además, me surgió la pregunta: si trabajas con dinero público y produces proyectos muy crípticos, ¿no hay una cierta responsabilidad en ello? Aunque también es cierto que el dinero público destinado al arte es una miseria en comparación con otros sectores. Aun así, me parecía importante cuestionar esta dinámica. Y aunque está bien que existan propuestas más encriptadas, yo sentía la necesidad de explorar otras formas de conexión con el público. Siempre me ha preocupado esa cuestión. A veces pensaba en que mi madre o mis amigos del pueblo vinieran a ver una exposición y no entendieran nada.

Yo soy nativo digital, siempre he sido un friki del ordenador y he vivido internet muy intensamente. Para mí, trabajar con estos códigos y con el tipo de memes que utilizo ha sido algo natural. Lo que más me fascinaba de este tipo de contenido es que es muy loco, salvaje y superexperimental. Son cosas que, muchas veces, ni se entienden ni pretenden ser entendidas, pero, aun así, logran conectar con mucha gente. Para mí, eso fue un punto de inflexión: darme cuenta de que se pueden hacer cosas muy locas, llegar a muchas personas y generar conexiones auténticas.

M: Siguiendo con esta idea, también me interesa tu concepción de estos códigos como una herramienta de cambio social real. Pero, ¿hasta qué punto pueden quedar como una expresión efímera de internet? Me refiero a esta dualidad entre ser una herramienta de activismo digital y, al mismo tiempo, un instrumento de propaganda en plataformas corporativas. ¿Cómo ves esta dicotomía en la que, al final, la extrema derecha o ciertos partidos políticos acaban apropiándose de estos códigos y las propias plataformas los absorben?

D: Es un bucle.

M: Un bucle que, en cierto modo, nos lleva a una aceleración constante, ¿no?

D: Totalmente. Una de las preguntas que me hacía era si todo esto puede ser útil a nivel creativo, pero también si puede ayudarnos a estar mejor. ¿Puede servir para hacer crítica social o activismo político? Porque, claro, el tema surge de cómo la ultraderecha americana, hace diez años, utilizó estas herramientas para su beneficio. Fue clave para que Trump creciera políticamente. De hecho, su estratega de comunicación, Steve Bannon, vio cómo estos movimientos anónimos en internet se estaban organizando y apropiándose de ciertos contenidos y símbolos, y supo aprovecharlo para que Trump los hiciera suyos.

M: ¿Y crees que la izquierda o los movimientos sociales pueden utilizar este tipo de contenidos con la misma efectividad?

D: Esa es la gran pregunta. Hay quienes llevan tiempo intentándolo, pero siempre está esa premisa de que la izquierda no sabe hacer memes. La cuestión es que este tipo de humor es irónico, irreverente, juega con los límites de lo políticamente correcto. Para la derecha, o más bien para el lado opresor, es más fácil porque pueden romper cualquier barrera sin problemas. El discurso reaccionario suele llamar más la atención: es más directo, más claro.

La izquierda, en cambio, siempre ha tenido una especie de compromiso moral que, aunque supernecesario, limita el juego y la capacidad de transgresión. O sea, manteniendo todas las convicciones éticas de la izquierda y de lo social, ¿se puede ser también irónico? ¿Se puede ser irreverente, se puede ser un poquito salvaje? No lo sé. Me lo pregunto. No lo tengo claro realmente.

M: Sí, por ejemplo, yo también tengo muchas dudas, pero sí que me da la sensación de que, al final, hay—o tenemos que pensar que hay—una potencialidad en los márgenes. Y creo que, al final, personas como nosotras, aunque no nos dedicamos a la política, tenemos la posibilidad de generar una comunidad al margen de estas macropolíticas. Creo que es ahí donde realmente se puede activar cierto activismo o, al menos, una conciencia.

De hecho, pienso que generar estos espacios, como haces en esta exposición, es fundamental, porque sí hay que creer en la transformación y en la creación de espacios para la transformación. De lo contrario, estaríamos acabados.

D: Sí, sí, coincido totalmente. También existe esta cuestión de por qué intentar hacer esta investigación y plantear estas preguntas desde un espacio de arte, cuando podrías hacerlo directamente en las redes. Eso también es un conflicto que tengo con este proyecto. No es la única pregunta, hay otras, pero, por ejemplo, para tirar alguna flor, he probado a hacer muchas animaciones para redes, que incluyo dentro del mismo saco del shitposting o del contenido banal.

Una de ellas la hice en colaboración con gente del Sindicato de Inquilinos para una iniciativa llamada Reviu, que ha desarrollado una web para organizarse en caso de tener problemas con arrendadores o propietarios. ¡Y funcionó bien! De repente, tomar una animación de este tipo, un contenido banal, y tratar de hacer activismo directamente, funcionó.

M: Claro, insertarse en la realidad. Al final, creo que la exposición es un lugar más desde el que incidir en ella. Hablando desde este interés por los márgenes o las fugas, entiendo que en tu trabajo hay algo muy esencial: estos mecanismos piratas, como la radio, que representan un interés constante en tu práctica. A la vez, siento que generas una tensión entre una hiperconciencia del uso de la tecnología y una rapidez en el consumo que imposibilita la absorción de un contenido efímero. ¿Cómo te sientes entre estas dos aguas?

D: Para mí, todo esto tiene mucho que ver con el uso de la tecnología. Desde hace mucho tiempo intento ser muy consciente del uso que hacemos de ella. Siempre he sido una persona muy tecnófila y, precisamente por eso, he tratado de entender bien las herramientas que utilizo.

Lo de la radio, por ejemplo, surgió porque mi hermano era radioaficionado y trabajó en la radio. Un día me enseñó cómo funcionaba una emisora, y me sorprendió lo sencillo que era en comparación con, por ejemplo, un teléfono móvil, que es como una caja negra de la que no tienes ni idea de lo que pasa dentro. La radio, en cambio, es una tecnología comprensible, simple dentro de lo que cabe. Además, tiene ese punto de resistencia contra las grandes plataformas. Por eso, en la exposición haremos dos programas de radio. En lugar de emitirlos en directo a través de Instagram o YouTube, montaremos una emisora FM pirata para transmitirlos. Es un gesto más simbólico que otra cosa, pero me interesa encontrar estas formas de hackeo.

Con esta exposición, desde un punto de vista tecnológico, hay una dicotomía muy fuerte que nunca había experimentado en años. Quizás me lo preguntarás ahora, pero… siempre he entendido el uso de la tecnología desde una ideología más cercana al decrecimiento. La llamada tecnología adecuada, que implica ser muy conscientes de las herramientas que utilizamos y ser sobrios en su uso, empleándolas solo hasta el punto necesario para respetar el medio ambiente y el consumo energético. Pero en esta exposición sucede algo diferente: me he sumergido en el mundo de las plataformas y redes sociales como Instagram y TikTok, que representan una aproximación completamente distinta, casi aceleracionista.

Así que aquí hay dos extremos: el decrecimiento y la aceleración. Y la pregunta es si se puede ser igualmente consciente a nivel tecnológico desde ambos enfoques, si se pueden encontrar formas de hackeo desde un lado o desde el otro. No lo sé. Todo surge un poco de ahí. Es como un juego poético entre dos extremos.

M: Ya, es algo que he observado a lo largo de tu práctica, y especialmente en esta exposición, sigues abordando esta contradicción que, para mí, interpela también a una generación concreta: los nacidos en los 80 y 90, nuestra generación. En este sentido, me interesa mucho esta especie de nostalgia por lo analógico, que ya hemos mencionado con el tema de la radio, y que en la exposición también se refleja en el uso de televisores antiguos. Creo que es un concepto que construye una genealogía dentro de tu práctica y que se vincula a la idea de prosperidad que vivimos en nuestra infancia, inculcada por nuestros padres. Esa época de bonanza que, con el tiempo, nos ha llevado a un extremo insostenible y que reflejas en tu práctica con la elección de ciertos dispositivos, podríamos decir, obsoletos.

D: Exacto. A nivel personal, siempre he sentido fascinación por estos dispositivos obsoletos, como las radios o los televisores de tubo, y a nivel artístico los he utilizado en diferentes proyectos. En ocasiones he reflexionado directamente sobre ello, pero también es cierto que nuestra generación, los nacidos entre los 80 y 90, crecimos con la idea de que el futuro iba a ser increíble. Nuestros padres, en mi caso de la primera generación en “ascender” social y económicamente, viniendo de una familia muy humilde que emigró a Catalunya para intentar mejorar sus condiciones, nos decían que la prosperidad económica que ellos habían vivido seguiría en aumento y que nosotros también llegaríamos lejos.

La tecnología avanzaba a un ritmo vertiginoso: los ordenadores mejoraban y quedaban obsoletos cada pocos meses, los televisores eran cada vez más sofisticados, todo parecía avanzar hacia un progreso sin fin. Pero entonces llegó la crisis de 2008, y con ella una conciencia ecológica brutal que nos hizo ver que este modelo de crecimiento no era realista. De repente, nos dimos cuenta de que los recursos eran limitados y que esa idea de progreso tenía muchas fisuras. Creo que, al menos en España, muchas personas de mi generación asocian la infancia con un periodo de estabilidad económica, y eso genera un vínculo emocional muy fuerte con la tecnología de aquella época.

A mí me pasa, sobre todo, con la tecnología doméstica. Creo que por eso siento una conexión tan fuerte con ciertos dispositivos. Para esta exposición, por ejemplo, desde el principio tenía claro que quería hacer una instalación de vídeo multicanal. Si hubiera optado por utilizar pantallas actuales, el presupuesto se habría disparado. Pero recordé que hace años, en un almacén del ICUB, vi un montón de televisores de tubo almacenados. Junto con el equipo de La Capella, investigamos y encontramos ese almacén. Había decenas de televisores antiguos, y nos han prestado más de treinta para la exposición.

Ahí se produce un ejercicio de reciclaje muy directo. Por un lado, el dinero que se habría destinado a comprar pantallas nuevas se ha podido invertir en otras áreas del proyecto, lo cual es genial. Pero además, hay algo que me resulta muy atractivo y que me rompe un poco la cabeza: en la exposición, lo que se muestra en estas teles son memes. Estamos acostumbrados a ver los memes en pantallas planas, de alta resolución, en teléfonos móviles o tablets. Verlos en televisores de tubo, en formato 4:3 y en una posición vertical, genera una sensación extraña. Creo que encaja perfectamente con esa dicotomía de la que hablábamos antes, entre lo acelerado y lo más artesanal, entre la hiperconectividad y el DIY, entre la nostalgia por lo analógico y la velocidad de lo digital.

M: Sí, claro, porque creo que también hay una dimensión afectiva en la manera en que archivamos las cosas. Y seguramente, cuando guardabas esos memes, no lo hacías pensando en una lógica museística, sino porque te generaban una conexión, un impacto. Y de ahí viene también la idea de que, aunque sea un material efímero, puede tener un peso simbólico o cultural muy fuerte. Es interesante ver cómo estos procesos de acumulación digital, que pueden parecer caóticos o incluso absurdos, luego pueden leerse como una forma de archivo, aunque no sigan las convenciones tradicionales de clasificación o preservación. Y a la vez, las contradicciones continúan en equilibrio.

D: Esta es otra contradicción con la que me he ido encontrando y no la tenía nada clara ni presente al principio. Es algo con lo que me he encontrado un poco por casualidad, porque con esta expo nunca pensé que estuviera haciendo un archivo o arqueología. Pero, de repente, por ejemplo, Víctor Balcells, que ha escrito el texto de sala, habla de arqueología digital, y la verdad es que, si miro atrás, llevo años haciendo esto sin darme cuenta. Hay algo interesante, al menos para mí, en el hecho de que algo tan efímero y volátil como un meme —que ves un día y quizá no vuelves a ver nunca más— pueda considerarse un artefacto cultural tan importante como cualquier objeto en un museo. Me interesa forzar un poco la máquina en ese sentido, cuestionarlo.

Por ejemplo, el contenido de la exposición es un archivo de unos 320 memes, creo. Los memes que conforman la instalación los he ido recopilando desde hace aproximadamente un año y medio, de una forma completamente intuitiva. Mientras navegaba por Instagram o TikTok, si algo me hacía gracia o me llamaba la atención, lo guardaba y lo catalogaba. Pero en ese momento no estaba pensando en este proyecto ni en nada en concreto, lo hacía de forma totalmente personal. Así que no sé, ha sido un trabajo muy intuitivo que creo que tiene que ver con esa idea de archivo, pero, como dices, desde un lugar medio sentimental.

M: Al final, los memes están entre la resistencia y el síntoma de una época. Creo que ambas cosas van muy de la mano y me lleva a preguntarme cómo surgió la relación con los colectivos invitados, como @atractive_smithers. Porque creo que tienen una posición o una forma de pensar que, no sé si es exactamente igual a la tuya, pero sí que existe un vínculo ahí a través de esta contradicción de archivo o consumo, quizás, a través de las maneras en que ellos usaban, ordenaban o archivaban estos memes. O incluso por cómo los explotaban.

D: Esta colaboración surge un poco de ahí, de esa especie de crisis y desencanto con el arte. Para mí, ha sido un ejercicio de volver a Internet, un lugar que había evitado muchísimo. Lo había esquivado durante mucho tiempo, pensando que era un sitio que en su momento fue muy guay, donde se hacían cosas superinteresantes, donde podías encontrar comunidades muy potentes y que, dentro de lo que cabe, era un espacio bastante libre.

Para mí, colectivos como @atractive_smithers, que son eso, grupos de «memeros» que hacen cosas supersalvajes y sin complejos, tienen algo que me interesa muchísimo. Lo que más me atrae de ellos es precisamente esa falta de complejos, esa libertad para crear sin miedo. Creo que, en el fondo, ese es mi objetivo en la vida. Así que, en cuanto empecé a idear un poco el proyecto, me pareció que tenía sentido conectar con ellos. No es que llegue aquí a hacer una expo para apropiarme de lo que hay en Internet, sino que compartimos códigos. Entiendo las referencias. No vengo desde fuera como un antropólogo. Y creo que por eso ha funcionado.

Al mismo tiempo, uno de los conflictos que tengo es que esta exposición también se podría leer como una exposición extractivista de Internet. Quiero decir, ¿qué sentido tiene llevar memes o este tipo de contenido a un espacio expositivo de arte? No lo sé. También hay esos conflictos, que, al menos, me parece interesante poner sobre la mesa.

M: Me pregunto también por el uso de referentes de grandes marcas comerciales en la exposición. Creo que su tipología es superllamativa y evidente en la exposición. Y claro, si ellas pueden absorber todo ese contenido, ¿por qué tú no podrías devolverlo? Al final, estas grandes empresas lo absorben todo y tú puedes decir claro: «Si lo absorben ellas, pues lo absorbo yo también». Como que hay un rebote constante y no puedes simplemente asumir que la macroestructura lo puede absorber todo mientras tú no puedes hacer nada.

D: Sí, en el caso de la expo, el lenguaje de la estética del shitposting, por decirlo de alguna manera, ha sido captado sobre todo por dos marcas muy grandes, que son las que mejor han entendido que, si lo capitalizaban, les podía servir para vender más. El caso más famoso es el de MediaMarkt. En la expo me he apropiado de su tipografía, que es la que se usa para los títulos de los capítulos y demás. Pero en realidad es un acto más simbólico que otra cosa, porque obviamente no puedes luchar contra eso. Y además, ¿cómo puede ser que las corporaciones se apropien de este lenguaje para vender cosas o promocionar el Black Friday? Es una locura. En la expo, directamente he pillado un vídeo de MediaMarkt, tal cual, un anuncio suyo. Es puro shitposting, pero lo único que cambia es que al final ves que están promocionando el Black Friday. Es muy extraño todo esto. Pero en el fondo pienso que, de la misma forma en que las grandes corporaciones pueden utilizar este lenguaje para vender, tú también puedes utilizarlo en otro contexto.

Otro espacio son las plataformas, que también son empresas, y donde estas mismas empresas ya están incentivando esta lógica. Por ejemplo, cuando surge un meme o una tendencia crítica o con conciencia social, muchas veces la propia plataforma lo convierte en tendencia y lo revierte en su favor. Es muy loco eso.

De hecho, hubo algo que quise incluir en la expo, pero al final no me atreví. Tuve una polémica con Kentucky Fried Chicken. Fue que, de repente, sacaron un anuncio utilizando un formato muy similar al tipo de contenido que yo llevaba años haciendo en redes. Y claro, ante eso no puedes hacer nada. Es muy fuerte. Ahí te quedas, es esa sensación de Internet como un espacio libre, donde la cultura es de todos. Pero claro, no es justo que todo el mundo juegue con las mismas reglas. Si tú eres una persona cualquiera que quiere compartir cosas con los demás, genial. Pero si eres una macroempresa millonaria que también dice «todo es de todos» para sacar beneficio, ahí ya hay un conflicto muy gordo.

M: Claro, porque las reglas no son equitativas.

D: Exacto. Si tú eres un friki que simplemente quiere compartir con los demás, perfecto. Pero si eres una multinacional con muchísimo dinero y usas esa misma lógica para lucrarte, ahí es donde la cosa se complica.

M: Eso me hace plantear entonces si realmente es posible o realista generar un sentimiento de comunidad sólida y autónoma que se contraponga a la velocidad y la inmediatez de Internet y a la absorción comercial. Es decir, ¿qué posibilidades reales existen de construir algo colectivo que resista frente a lo efímero de la red? No hablo solo de una comunidad de personas, sino más bien de un sentimiento de colectividad o resistencia. Si en Internet todo es inmediato, ¿qué es lo que puede perdurar?

D: Es una pregunta que me hago constantemente. Por un lado, me hace pensar en la mentalidad con la que mucha gente hace shitposting. En redes e Internet, las reglas del juego están diseñadas para que cada usuario busque su propio beneficio: sus likes, su viralidad, su reconocimiento individual. Pero el shitposting no busca eso, sino generar contenido masivo sin seguir esa lógica del beneficio personal, metiendo palos en las ruedas del algoritmo. Es casi un boicot. No me incluyo del todo en esto, porque creo que lo mío es otra cosa, pero hay muchas cuentas y colectivos que funcionan así, especialmente en el ámbito local y nacional. Se ha ido formando algo comunitario que mola, y aunque sea efímero, sigue siendo una red que existe.

Los @atractive_smithers, por ejemplo, empezaron a colaborar hace años en Facebook. Según tengo entendido, simplemente eran personas que querían hacer amigos online y conectarse a través de un humor distinto. Lo interesante es que no se quedaron en una plataforma fija: empezaron en Facebook, luego migraron a Instagram, y ese movimiento me parece clave. Porque al final, lo relevante no es la plataforma en sí.

M: Claro, y eso también habla del hecho de que la gente ya no ve estas plataformas como lugares fijos, sino como espacios de paso. La gente está empezando a posicionarse contra ciertas redes y migrar, y aun así seguir generando contenido y conexiones.

D: Exacto. De repente te das cuenta de que lo valioso no es la plataforma, sino el contenido y la forma de hacerlo. Y eso es guay. Siempre será difícil luchar contra la lógica dominante de las redes, pero mola pensar que es posible.

Margot Cuevas

Fotos de Pep Herrero

 

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